POR LA RUTA DE ELIODORO

Categoría: Asociación
Publicado el Lunes, 06 Junio 2011 18:07
Escrito por Chon
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Eliodoro Puche Felices, es nuestro poeta lorquino por excelencia, nació en 1.885 y murió el 13 de Junio del 1.964.
Todos los años desde el 1.995, en el mes de Junio, alrededor de la fecha del aniversario de su muerte (el jueves más cercano al día 13) nos reunimos en la Plaza de España a las 9 de la tarde para hacer un paseo poético, por los lugares de la LORCA antigua,  donde transcurrió su vida. Este itinerario no es otra cosa que un ejercicio de remembranza para mantener vivo el recuerdo, entre los que lo conocieron, y también entre las nuevas generaciones para que conozcan la vida y obra de quien se considera como el mejor poeta lorquino del siglo XX.
Este paseo que comienza al atardecer en el marco incomparable de nuestra Plaza de España, donde la  algarabía de trinos ensordece y sopla la brisa fresca de esta primavera que finaliza.
La comenzamos, con este poema:
Estas puestas de sol.
Que son como un tesoro
en que la luz nos besa con dulzura de amor,
diríase una divina música de color
que todo lo arrullara en poetizante coro.
¡Oh, quien pudiera hacer eterna aquella hora!
¡quien pudiera gozarla con todos los sentidos...!
Estar como una nota en todos los latidos,
y que nuestra alma fuera una cuerda sonora!
Arder en el color como una pura brasa,
y ser en el perfume un ala toda pluma,
y dejarse llevar envuelto en una bruma,
hacia el país de ensueño de todo lo que pasa.
Eliodoro Puche.
Siguiendo el paseo leyendo poemas por los asistentes, subimos a la placica que se encuentra en
las Barandillas, frente al número uno, donde se encontraba su casa. Allí los Amigos de la Cultura
han colocado un busto, y junto a él seguimos nuestro homenaje.
Continuamos hacia la cárcel, en donde estuvo prisionero, y entre otros poemas leemos una
carcelera que le escribió a su hermana Estrella, dice así:
A MI  HERMANA  ESTRELLA
¡Qué cerca de la cárcel
está mi casa;
si no existieran muros
te vería, hermana!
En la iglesia vecina
replican las campanas,
agudas, juguetonas,
-cristal y plata -.
Campanas, esta tarde
repicáis en mi alma,
recordándome aquella
niña, tan olvidada,
que casi no recuerdo
de tan lejana.
Después de la cárcel, bajamos por  las escaleras del Pósito hasta la Plaza del Caño, y seguimos hasta la cava, donde está la escultura de Narciso Yepes, y allí leemos el poema que le dedicó a él...
El almendro en flor.
La primavera ha venido
al almendro de mi patio,
ha roto sus brotes nuevos
y lo ha puesto todo blanco.
Qué encanto ver el almendro
estas mañanas de Marzo,
en su nítida belleza,
tan puro y tan solitario.
Si en su ramaje florido
se posa un bando de pájaros
se diría que de pronto
se echa a cantar todo el árbol.
Después, hacia el mediodía,
se queda como soñando,
como mirando a los cielos
en un éxtasis nevado.
Y luego cuando lo pone
el sol tan arrebolado,
parece que todo el sol
de la puesta está en el árbol.
Seguimos por la cava hasta llegar al Porche de S. Antonio, y entre otros leemos...
Pájaros.
Estábais presos en mí
desde mi primera mañana.
Qué algarabía de trinos
formabais en vuestra jaula.
Os abrí todaslas puertas
al espacio libre para
que a la libertad se os fueran
acostumbrando las alas.
Volad libres por el aire,
cantad libres en la rama,
y sed, pájaros de hoy,
mis pájaros de mañana.
Después de la lectura en el Porche de S. Antonio, bajamos por las escalericas y hacemos una parada en la Taberna que hay al final de ellas. Es el último refugio de Eliodoro, donde iba a tomar sus chaticos de vino, y digo el último, porque es la taberna que ha sobrevivido a la modernidad, y que permanece como antaño. Allí, le recordamos tomando nuestros vinicos, y brindando por tener  la dicha de reunirnos a disfrutar con la poesía.
Acabamos la RUTA de ELIODORO en la Plaza de Santo Domingo, donde hay un busto de nuestro poeta. Allí leemos los últimos poemas, entre ellos el siguiente:
Pesadilla.
Borradme de los ojos
las despedidas;
no quiero ver ni en sueños agitarse
el pañuelo de los adioses;
borradme del recuerdo las escenas
del infecundo llanto
y las promesas vanas...
No quiero más sentir
el corazón tan solitario y triste
como esos puertos
sin velas ni jarcias,
ni que mis ojos
estén siempre entreviendo
la imagen de la ausencia.
No quiero yo ser más  el marinero
inútil que  se queda
relegado en la playa
como un olvido.
Nos despedimos hasta el siguiente año con el espíritu y la sensación de haber pasado una noche inolvidable.